Queridos cofrades y hermanos, querido párroco, queridas autoridades,

¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Me lo repetía una y otra vez, nada más colgar el teléfono al recibir la llamada del presidente de la Junta Central.

Yo no soy un cofrade ilustre, no soy ninguna personalidad del pueblo, no tengo nada. Solo mis pecados.

Por eso, me puse en oración. ¿Qué quieres de mí Dios? Ayúdame. Por qué me llamas a esta misión de anunciar la Semana Santa a Mi Pueblo, ¿Qué quieres de mí?

Queridos hermanos, he rezado mucho desde entonces para que Dios me ayude a anunciar hoy su Palabra. Y no he estado sólo. Seguro que he contado también con las intenciones de muchos de vosotros y, especialmente, con la ayuda de nuestros cofrades que ya están el cielo, disfrutando de la presencia de Dios.

Decía el evangelio del domingo pasado que Dios elige a los ciegos para que se manifieste en ellos su gloria.  A mí, querido hermano, me ha elegido para hablarte hoy de la Semana Santa y de tu vida.

¿Que es este tiempo si no? ¿Por qué celebramos esta Semana? ¿Qué es lo que celebramos? ¿Una muerte? ¿Una muerte de cruz, la más terrible de aquel tiempo? Maldito el que cuelgue de un madero, se decía entonces.

¿Qué celebramos? ¿Solo una tradición? ¿Sólo una costumbre que ha ido pasando de padres a hijos? Sí, cierto, eso en parte y está muy bien. Pero en realidad celebramos mucho más.

Celebramos que estamos salvados, celebramos el amor máximo, que Dios es nuestro padre, que no se olvida de nosotros, que hará lo que haga falta para mostrarte que eres su hijo amado, que está loco de amor por ti.

¿Por qué un periodista? Cuando uno estudia periodismo, siempre sueña con anunciar la mejor noticia: la paz del mundo, el fin de las guerras, el fin de la pobreza… Yo hoy cumplo un sueño que nunca soñé: anunciaros esta noche la noticia más bella. Y hacerlo además dentro de este fabuloso templo arciprestal de San Martín, “La casa de Dios y la puerta del Cielo”, como reza la inscripción de nuestro templo.

Pero antes, dejadme que apunte un par de notas personales más.

Primero, que me abruma estar aquí un año después del Patronato de la Pasión. No soy digno. Que maravilla. Cómo encaja todo… Una persona clave en la Pasión tuvo un momento clave en mi vida. Me refiero a la hermana Carmen.

Recuerdo perfectamente, aunque yo era pequeño, que en una audiencia con el Papa Juan Pablo II LE GRITO mientras pasaba junto a nosotros: “Padre, bendiga a este niño”. El papa me miró y me bendijo. Quizá nunca se lo pueda agradecer del todo a la hermana Carmen.

Casi 30 años después puedo decir que me siento bendecido, por tantas cosas. Por mi padres y mis hermanos, por mi mujer y mis hijos, por Mi Pueblo, por mi trabajo… pero sobre todo, porque Dios ha sido como el padre bueno, que espera que su hijo vuelva a casa, a su iglesia.
Hace 20 años, un Buen Día, a solas en Madrid tuve un momento complicado. Tenía un buen trabajo, tenía un buen sueldo, me iba bien, pero nada me llenaba. No entendía nada. Me dedicaba a salir de juerga, a montar fiestas en mi casa, buscando la felicidad que en nada encontraba.

Aquel día, en plena crisis, en plena desolación, en plena soledad, mientras deambulaba por el retiro , grite a Dios: si existes, ayúdame.

Y aquel día, como al hijo pródigo, Dios me acogió con los brazos abiertos.

Empezó a ordenarme la vida. Enseguida conocí a mi mujer, el barro que puso en mis ojos, como el que Jesucristo puso al ciego para devolverle la vista.

Recuperé la fe, esa fe que mis padres me habían transmitido desde pequeño, el mejor regalo.

Hoy puedo decir que Jesucristo me ha salvado, que me ha rescatado de tantos pecados…

Hoy también puedo decir que creo en el Espíritu Santo, que Dios mandó a su iglesia. A él me he confiado para que me dicte las palabras que salgan de este atril esta noche. Y, sobre todo, para que actúe hoy en mí y en vosotros, para que cada uno os llegue su palabra, lo que Dios quiera transmitiros hoy, a través de un pobre instrumento inútil como soy yo.

Os preguntaba… ¿Qué celebramos esta Semana Santa? ¿Qué celebras tu, hermano? ¿Qué celebras tú, Callosa?

Os invito a irlo pensando, a meditarlo en este tiempo, a darle vueltas.

A hacerlo como la virgen, como nuestra Madre de los Dolores. A ella siempre la ponemos en los altares, cuando en realidad siempre está al pie de la cruz.

Qué bella metáfora, que el inicio de facto de nuestra Semana Santa sea la ‘bajada de la virgen’, de la dolorosa. Cómo no recordar cuando de pequeño, en el cole, nos dejaban salir antes para venir a ver la procesión, para escuchar los primeros tambores y cornetas del año, para ver bajar de la Ermita de los Dolores a nuestra madre.

¿Quién ha sufrido más que ella? ¿Quién ha llorado más? Mujeres que hoy estáis en este templo, quizá alguna de vosotras haya perdido un hijo. Ojalá que no. Qué dolor. Nadie lo puede comprender. Pero ella sí.

“Y a tí misma una espada te atravesará el alma”.

Una espada de plata, que en el Evangelio Simeón anuncia a María a la entrada del templo. Una túnica roja, color sangre. Unas lágrimas. Unas manos inocentes que se giran hacia el Padre.

La bajada de la virgen, el descenso. Allí estará siempre María en nuestras vidas, en todas nuestras caídas, en todos nuestros tropiezos, esperando a levantarnos del polvo, a acompañarnos en nuestro dolor.

En ese dolor por la enfermedad de tu padre, porque te has quedado sin trabajo, porque no te hablas con tu hermano, porque tu hija se ha separado, por la muerte de tu marido … En esta pena… Si nos giramos hacia ella, siempre está. Si le pedimos que nos ayude en el sufrimiento, nunca falta.

Ella está en el cielo, pero baja para estar contigo, la bajada de una madre, para abrazar a sus hijos, a su pueblo.

Como tú no entiendes tus sufrimientos, por qué a ti, ella no podía comprender que le hicieran aquello a su hijo, a su querido niño, al que había visto hacer tantos milagros. Al que tan sólo, unos días antes, habían aclamado por las calles.

Cristo Rey, el Mesías, sobre el que echaban sus mantos sólo una semana antes. Domingo de Ramos. La Palma de la victoria.

“Bendito el que viene en el nombre del Señor. Hosanna en el cielo”.

Dios viene entre aclamaciones. El señor, al son de trompetas. Callosa se convierte en Jerusalén por unas horas; un ejército de niños, con sus madres, preceden a Jesús Triunfante. La marcha es alegre, la corona de Jesús brilla…
¿Pero en qué viene montado? ¿Cuál es su trono? Un burro. Un asno. Y de prestado. ¡Qué distinta a la gloria de los reinos y los gobiernos de la tierra! Santa humildad de Cristo, quién la pudiera tener.

Mirad a Jesús Triunfante a los ojos este próximo domingo.

¿Qué os dice? ¿Por qué no sonríe, si todo es alegría y aclamaciones? Cristo pasa. Jesús viene a vernos. El pueblo le ensalza, le aclama, pero él sabe que en realidad se dirige al matadero. Nos adelanta la gloria futura, la esperanza de un nuevo reino, pero la procesión va por dentro.

Jesucristo viene con poder, pero es un poder distinto, es el poder de la libertad total, de estar dispuesto a entregarse por los hombres, por cualquier hombre, a morir por tí. El poder de amar profundamente a sus enemigos, de entrar en Jerusalén para anunciar el amor infinito de su padre Dios, aunque le suponga la muerte.

No lo olvides. Cristo viene a verte. Pasa por tu vida, para que te agarres fuerte y te pueda sacar de tus infiernos. Entra en la tumba por ti. Muere, para que tú puedes vivir, como el grano de trigo para que llegue el pan.

Mientras le aclaman, ante el griterío, cuenta San Mateo, que al acercarse a Jerusalén y ver la ciudad “lloró por ella”…

Tarde de domingo. Tarde de mantillas. Tarde de llanto, de lágrimas de desconsuelo. Las que bajan por el rostro de María Cleofás y María Salomé, las marías, mis Marías. En mi casa, desde siempre, en la habitación de mis abuelos, de mi Tata Vicente y mi abuela Concha, cuando yo era pequeño.

¿Por qué un paso de las Marías? ¿Por qué dedicarles una cofradía a ellas, a estas mujeres siempre en segundo plano en el Evangelio? Nunca protagonistas, siempre humildes.

Desde que le conocieron, nunca ya se apartaron de Jesús, nunca ni hasta después de su muerte. Unas mujeres santas, madres de santos, quizá de varios de los apóstoles. Con el cáliz, para recoger su sangre; con el paño, para recoger su sudor.

Qué importantes las mujeres. Valientes, decididas, trabajadoras. Eso lo he vivido yo también en mi casa. Y, sobre todo, madres. Qué figuras más maravillosas. “Seguidoras de cristo”, que eso significa ser cristiano. Quizá ellas, realmente,  fueron las primeras cristianas.

Las mujeres, las únicas que nunca renunciaron a seguirle, que le acompañaron en todo su calvario. Las que a los tres días de su muerte fueron a buscarle al sepulcro, para arreglar su tumba, como tú vas en Todos Santos a visitar a tus familiares difuntos, cuando apareció el ángel de la victoria para anunciarles la resurrección de Cristo.

Ellas fueron las elegidas, como María Magdalena, llanto puro. La Magdalena es figura de todos nosotros, de mí. De los pecadores. Ella estaba condenada, sentenciada a muerte. Una gran pecadora, como tú y como yo. Sólo que sus pecados eran públicos y los nuestros tantas veces los escondemos.

Esa vez que has criticado a tu hermano, que te has peleado con tu familia por una herencia, que has mentido, que has querido quedar por encima de los demás… Tus pecados, sean cuales sean. Jesús no te ha acusado. Al revés, se ha ofrecido para meterse en la cárcel en tu lugar.

Imagina que estás condenado a muerte, a punto de ser ajusticiado. Y que, de pronto, llega alguien y te salva. Te libra de la muerte. Se pone en tu lugar. Se la juega por tí. Cuánto le amarías… Así le pasa a ella. A quien mucho se le perdonó, mucho amó.

Ella sabe perfectamente cuánto cambió su vida tras este encuentro con Cristo. Toda su vida se había sentido juzgada, pero a partir de ese momento se sintió amada. Sus pecados ya no importaban. Aquel día volvió a nacer y decidió que su vida sería distinta, que nunca más se separaría de su Salvador.

¿Has tenido algún encuentro con Cristo como la Magdalena? ¿Te ha cambiado la vida? Yo puedo decir que sí. Yo he podido ver cómo me regalaba una nueva forma de vivir, me he sentido querido tal y como soy, con todos mis defectos, con todas mis limitaciones. Más gordo o más delgado, más listo o menos, más simpático o más frío… Da igual. Como soy. Y a tí, como eres, hermano.

Amado hasta el extremo. No tienes que hacer nada. Este amor es gratis. Gratis. Para que puedas vivir de otra manera, como María Magdalena.

El perdón de Cristo, que primero fue a Magdalena y después a toda la humanidad. El cristo del Perdón, que es lo mismo que decir el Cristo del Amor.

En el dolor, sólo un hombre aparece junto a la Virgen, las Marías y Magdalena. Sólo uno está junto a la cruz, sin miedo, sin importarle lo que puedan decir de él, acompañando a las mujeres en el peor momento. Juan queda también impresionado por cómo le ha querido Cristo. Tanto, que no puede evitar contarlo, de nuevo, rebosando amor.

El Evangelio de Juan es el Evangelio del amo, fijaos sólo como empieza el relato de la pasión:

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo  amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”

En su imagen, Juan nos señala el cielo. Nos invita a amarnos los unos a los otros, como Cristo nos ha amado. Esto es, muriendo por los otros.  ¿Qué significa morir por los otros? Lo que hacéis los padres por los hijos. Darlo todo por ellos. La misma vida si hace falta. Lo que puede hacer un novio por su novia, un joven por su mejor amigo.

¿Pero darías también tu vida por amor a tus enemigos? Imposible. Yo por lo menos. En mis fuerzas, imposible. Pero con Cristo cambia la cosa.

A veces, nuestros enemigos no están tan lejos como podría parecer. Muchas veces es tu mujer o tu marido, del que no aguantas su genio. Otras tus hijos, que van a su bola, que no quieren saber nada de tí, quizá tu jefe en el trabajo o tu empleado…

La Iglesia nos da un día tan bonito el próximo jueves… Una oportunidad única de renunciar a nuestro orgullo, de pedir perdón a aquel hermano con quien tenemos un problema. Tu vida puede cambiar en ese momento. Hacerte humilde, pequeño, crucificarte, para después resucitar con la reconciliación. Nada más bonito que hacer las paces.

Una vez un catequista me dijo que nunca me fuera a dormir tras discutir con mi mujer sin haberle hecho las paces, aunque yo pensara que tenía la razón. Algún día le diré cuánto le estoy agradecido. Sin eso, no sé dónde estaría hoy.

A través de Juan, Cristo nos da también una madre. “Hijo, ahí tienes a tu madre. Madre ahí tienes a tu hijo”, que vemos reflejado en el paso del Santo Calvario. En el sufrimiento máximo, en el dolor más profundo, no se queja, sino que se preocupa por nosotros.

Se fija en tí. No quiere que te quedes sólo, sóla. A María le regala toda una humanidad como hijos, en la figura de San Juan. A nosotros, a todos los hombres y mujeres, nos regala una madre y nos pide que la acojamos en nuestra casa.

¿Por qué a Juan? ¿Por qué era mejor que los demás? No, Juan también era débil, como nosotros. Juan tampoco había podido resistir despierto en la verdadera agonía de Jesus,, en la oración del huerto.

Juan se duerme, como los demás. En el huerto de los olivos en Getsemaní, Jesús suda gotas de sangre. Experimenta la soledad más profunda, junto al lugar donde apenas unos días antes todo el pueblo le había aclamado y había gritado Hosanna a su paso.

El Demonio le tienta. Le invita a que reniegue, a renunciar a la voluntad del Padre. Por única vez, Jesús pide a su padre que le evite el sufrimiento, pero rezando vence la tentación y entra en la voluntad del Padre.

En el precioso paso de la Oración del Huerto, un ángel viene y le consuela. Como antes tras sufrir las tres tentaciones en el desierto, durante la cuaresma que ya se acerca a su fin… Qué noche debió pasar Cristo, que sufrimiento saber que tendrás que beber un cáliz tan amargo.

“Simón… ¿Duermes? ¿Ni una hora has podido velar?” Qué maravillosa es la historia que Cristo hace con Pedro. Pura Misericordia. Piénsalo. Un hombre bruto, cabezón, agresivo, a punto de convertirse en asesino con la espada, que le negó tres veces…

Fantástico que el paso de Pedro se haya renovado. Es una figura fundamental para nosotros, para entender el Amor de Dios.

Tu y yo habríamos hecho lo mismo. Reconócelo. Están a punto de crucificar a tu maestro, tienes miedo, y te dicen si eres seguidor suyo… ¿Qué dirías? Más fácil. ¿Qué dirías hoy si vienen a tu casa y te degollan si dices que eres cristiano? Yo, tantas veces, callo. No niego seguir a Cristo, pero prefiero pasar desapercibido, por miedo a sentirme rechazado por la gente a mi alrededor, por mis compañeros de trabajo, por miedo a la burla…

¿Y tú? Pero no importa, Dios me anima. “Vamos, mira a Pedro. Él me negó, pero después se arrepintió. Pasó a ser otro”. Pedró nego tres veces a Cristo, pero en cuanto recibió el Espíritu Santo fue uno de los que más anunció a los hombres que Cristo ha resucitado.

Cuando mires la imagen de Pedro en el nuevo paso que se estrena este año, verás que detrás está Cristo. Sí, que le corrige y le hacer ver sus pecados, pero que a pesar de su debilidad está siempre ahí, le ama profundamente. Y le confía una de las misiones más importantes: ser la piedra sobre la que construirá su Iglesia. ¡Le dio las llaves del cielo!
Sí, Pedro, el que le negó tres veces en la pasión, fue después el primero que se lanzó a las plazas para anunciar “alzando la voz”, como se dice en los Hechos de los Apóstoles, gritando, que Jesús es el mesías: “Dios ha constituido Señor y Cristo a ese Jesús a quién vosotros habéis crucificado”

Qué amor tan profundo de Cristo, qué misericordia tiene Dios con nosotros. Pensad en eso cuando miréis a Pedro también.

Pero volvamos a la soledad que empieza a sufrir Jesús en Getsemaní, que alcanza ya su culmen en el juicio, después de ser entregado por Judas, otro de sus amigos, condenado por su propio pueblo.

Un dolor espiritual profundo. Quizá parecido al que deben sentir todos nuestros ancianos abandonados, todas nuestras viudas olvidadas, todos los marginados, los que han caído en las drogas, los emigrantes que lloran por lo que dejaron atrás en busca de una vida mejor…

Jesús entra en esa soledad, en medio de la muchedumbre que le grita y le escupe.

Ecce Homo. “Aquí tenéis al hombre”, dice Pilato, mientras lo presenta ante el pueblo

“He ahí el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, había dicho Juan al bautizarle sólo unos años antes.

Ecce Homo. Ahí está. El hijo de Dios que se convierte en Cordero, que acepta voluntariamente ir al matadero por tí y por mí. Sumiso. Sumiso. El hombre, que mira al cielo, que no le pide a Dios que fulmine a aquel pueblo, sino que les perdone, como más tarde dirá en la cruz, porque no saben lo que hacen.

Ahí está el hombre, en la flagelación, que recibe los azotes. Que soporta el mal. Perdona todo. Perdona todo. Cada azote de cada uno de los sayones. Me fijé, preparando este pregón, en el de la derecha, que incluso se relame al golpear. El mal. El pecado. El demonio existe.

Si Dios no nos sujeta la mano, somos capaces de todo. ¿Qué vemos hoy a nuestro alrededor? ¿Qué hace el maltratador, sino ensañarse con el inocente hasta matarlo? Cada mujer golpeada hasta dejarle sin vida, cada bebé asesinado, cada pobre despreciado, cada refugiado que se muere de frío sin patria, cada persona que muere en el Mediterráneo estafado por las mafias mientras huye del terror que deja atrás, de la guerra.

Jesús recoge en cada latigazo todo ese sufrimiento, lo soporta por amor a los hombres. Quiere pagar la cuenta que vamos dejando con nuestros pecados, para que podamos convertirnos, para que podamos vivir de otra manera.

Nuestro hermano Jesús se convierte en Nuestro Padre Jesús cuando carga con esta pesada cruz a sus espaldas. El cordero, camino del matadero, llevando su propia leña para el sacrificio, como Isaac. Destrozado por las heridas, sudando gotas de sangre. Lleva ahí las injusticias, las consecuencias de los pecados, de tus pecados y los míos.

¿Cuál es tu cruz? Dicen los padres de la iglesia que no hay cristiano sin cruz. ¿Cuál es la tuya, hermano? ¿Qué es aquello que quitarías de tu vida? ¿Lo que no aceptas? ¿Qué es lo que más te hace sufrir? ¿Cuál es la losa pesada con la que no puedes cargar?

¿Tus hijos? ¿Tu marido? ¿Tu mujer? ¿Tu enfermedad? ¿La soledad tras perder a tu marido? Ánimo, Cristo, el inocente ha cargado con la cruz más pesada posible. Y nos invita a no dejarnos vencer por el peso de los pecados: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, había dicho antes a sus discípulos.

Tantas veces me he visto yo aplastado por mi cruz. Unas veces las dificultades en el trabajo, otras la soledad… Yo he sentido ahí la ayuda de Jesús, que aliviaba mi carga, que me ayudaba en mi camino por el calvario.

Esto es lo que celebramos cuando rezamos los pasos, cuando acompañamos al Nazareno hacia nuestro calvario, por esa calle alargada, cuesta arriba, la calle de los pasos, nuestro vía crucis…

Callosa le acompaña para darle las gracias, para pedirle que nos sintamos acompañados en nuestras penas…

El dolor sigue ahí, el sufrimiento no desaparece, pero con Cristo somos más fuertes. En nuestra debilidad se muestra su gloria. Aunque nos resulte imposible entenderlo…  Como a María, cuando sale a su encuentro. Los padres nos ponemos nerviosos, cuando nuestro hijo cae y se hace un corte en la rodilla.

Imaginemos el encuentro de la madre con su hijo, que con tanta devoción representamos en nuestras calles cada miércoles y viernes santo. Amargura. La Virgen de la amargura.

Cristo que cae, y que levanta los ojos al Padre porque el peso de la cruz le oprime. Reza una vez más, como tantas veces a lo largo de su vida.  El peso que soportan sobre sus hombros los costaleros y costaleras no es nada comparado con el peso aquel madero, después de haber sido maltratado hasta la extenuación.

Toda una vida rezando, hablando con su Papá Dios, como él le llamaba, que le ayudan a aceptar su sufrimiento y ofrecerlo por nuestra redención.

Y Dios le da fuerzas. Dios le levanta.. Siempre nos levanta si le pedimos ayuda. Cristo abraza su cruz y se levanta, nos levanta. Te levanta.

Todas las velas, todos los cirios que llevamos en nuestras procesiones vienen, en el fondo, a significar esto mismo: que en la oscuridad siempre hay una luz, anunciamos de este modo tan sencillo la salvación de los hombres.

Tras levantarse Jesús tras su caída, dice la tradición que una mujer llamada Verónica se acerca y le limpia el rostro y que él, a cambio, le regala su Santa Faz. Siempre, siempre que te acercas a Cristo te está esperando, aun arrastrándose por el suelo camino de la cruz, siempre, siempre tiene algo para tí.

Llega Jesús al Calvario. Callosa se despierta. El lugar de la calavera, el Gólgota. Clavos, corona de espinas, lanza en el costado… Se agotan las fuerzas.

Desde el madero, Cristo va exclamando una tras otra las siete palabras, que no son siete y que son eternas… Hasta llegar al final, hasta llegar a la última, que no son aceptación de la muerte, sino palabras de esperanza, de confianza…  “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Su madre llora, Magdalena y las Marías le contemplan desoladas, Juan no entiende nada…

Tiembla la tierra. Se abre para recibir al Hijo de Dios. El cuerpo de Jesús queda en la cruz. Su espíritu baja a las profundidades para afrontar la gran batalla. Tres días que se alargan.

Mientras tanto, celebramos el Amor Fraterno. En el día de su muerte, celebramos en la Eucaristía que nuestro Rey es un siervo, que se inclina ante nosotros. El sacerdote, en su nombre se postra, nos lava los pies, limpia nuestros pecados…

Y llegan las estaciones. Callosa reza en familia. Qué bella tradición, ojalá nunca se pierda. Dios me llevó a vivir de otra manera este misterio, en Madrid, en mi parroquia, pero aunque no estoy presente, aquí está también mi alma. Aunque no rezamos juntos en cuerpo, sí lo hacemos en espíritu.

Y se apagan las luces. Sólo la Macarena suspira. Esperanza que parece perdida, pero que es la único que la mantiene con vida.

Entre sus llantos, llega el silencio. Grita el silencio. Porque la Tierra ha quedado a oscuras. Sólo las velas crepitan. Se escucha un tenue tambor y el quejido de una alargada trompeta que hiela el corazón…

Noche oscura del alma. Olor a incienso. Un rostro iluminado. Una cruz rematada por otra de luz roja, color sangre salvadora.

La soledad de María. El luto y la mirada perdida. La inocencia de los ángeles, que lloran, mientras el cuerpo de Cristo, ahora sin vida, yace. La piedra está a punto de rodar. El sepulcro quedará sellado.

Cristo ha muerto por tí y por mí. El hijo de Dios ha entrado en la muerte para salvarnos. Ha bajado a abrir las puertas del infierno, para pagar todas nuestras deudas.  Dios te ha amado profundamente, tal como tu eres. Y ha dado a su hijo único por tí.

Y lo ha hecho para que ya no vivamos con miedo la muerte. Todo ha sido vencido. Durante una etapa en mi vida, me costaba dormir por las noches. Sentía un profundo temor a morir. Ya no.

Ahora ya es distinto, ahora sólo me despierto cuando no pueden dormir mis hijos.  Puedo sentir esta paz, por la tremenda batalla que se libró en las puertas del infierno mientras su cuerpo yacía en el sepulcro.

¿De qué tiene que rescatarte Dios? ¿A qué ha venido a salvarte a tí? ¿Qué es tan importante curar en tu corazón para que Dios haya ofrecido a su único hijo en sacrificio por tí? Eres único e inigualable, un hijo amado de Dios. Te ama con locura.

En la batalla que no vemos, en la guerra cruenta que tiene lugar en las entrañas de la tierra, Jesucristo sale vencedor, destroza la muerte.

Es la noche de la Pascua, la noche de las noches para los cristianos. El día en que Cristo pasó de la muerte a la vida.

El fuego nacerá en la hoguera. Se iluminará el cirio pascual. Desaparecerá la oscuridad y reinará la luz. Cristo, nuestra esperanza. El esplendor del Rey, que destruye las tinieblas del mundo.

¡Proclamaremos que Cristo ha resucitado, que verdaderamente ha resucitado y está sentado a la Derecha del Padre! ¡Que Cristo ha vencido a la muerte!

Cantaremos el pregón pascual, con todas nuestras fuerzas: “Qué noche maravillosa. Oh feliz culpa, que mereció tan grande redentor. Oh, noche realmente gloriosa” Cantaremos que “Esta es la noche en que Cristo ha vencido a la muerte y del infierno retorna victorioso”.

Os animo a vivir con intensidad esta vigilia pascual, que yo tantas veces he dejado pasar o incluso he profanado saliendo de fiesta en mi juventud. Ahora, por la misericordia del Señor, vivo con una profunda alegría esta noche santa.

Yo he redescubierto en mi parroquia la hermosura de esta noche. Todos los símbolos. Cómo Dios me ha estado amando profundamente, cómo me ha sacado de una vida de muerte, para darme una familia maravillosa. Yo, el que menos lo merecía. Un pecador.

Sin resurrección seríamos los más desgraciados del mundo. Sin Pascua no habría Semana Santa. La Resurrección de Cristo es lo que hace Santa a esta semana.

caballero portaestandarte, llegará tu momento. Y Qué momento. Serás como el ángel, te encontrarás con Cristo resucitado y correrás a decírselo a su Madre.

Harás saltar su luto por los aires. Desatarás los vivas y las aleluyas; los cofrades que te acompañan se quitarán las capuchas y sus rostros resplandecerán con el brillo del resucitado y la pureza de María.

Exultará Callosa. Y celebraremos la alegría, en la procesión más colorida, sacando a las calles a Jesús Resucitado y a María, la madre de este amor Hermoso. Al hijo que siempre está y a la madre que no se cansa de esperar.

Nunca podré agradecer a mis padres que me ayudaran a poner la vista en este domingo glorioso, cuando decidieron traer la advocación de la Madre del Amor Hermoso a Callosa.

Las costaleras levantarán a la Virgen como si el trono no pesara, Cristo nos ha quitado la carga, ahora ya no nos oprime, el yugo es suave porque ha vencido a la muerte.

Jesús resplandecerá, anunciará la Gloria de Dios para cerrar la Semana Santa callosina y empezar el tiempo de bendiciones, el tiempo de Pascua.

He aquí el hombre, pero ahora ya no es un hombre malherido que pierde la vida, sino un hombre que ha vuelto del sepulcro y pronto a sentarse a la derecha de Dios

Sonarán los últimos tambores, las últimas marchas… Y gritaremos, una vez más, que Cristo, nuestra vida, ha resucitado, que verdaderamente ha resucitado.

Pidámosle a Dios que esta Semana Santa podamos vivir este misterio de la muerte y resurrección de su Hijo, que en estos días de Cuaresma podamos convertirnos para que Dios pueda pasar por nuestras vidas, para que pueda cambiar nuestros corazones.

Nuestros pasos volverán al museo o a sus capillas, pero lo verdaderamente importante, hermanos, es que en estos días, Cristo pase por nuestras vidas.

¡Viva la Semana Santa de Callosa de Segura!

Vicente Varó Rocamora

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